Quiché

Autor: Julio Serrano Echeverría

por Celeste Mayorga*

La primera vez que fui a ese pequeño lugar llamado Quiché iba dormida, no de los ojos sino del tiempo.

¿Qué es el tiempo me pregunté esta vez? ¿Qué es volver? ¿Qué es partir? ¿Cuántas veces nos transformamos y qué o quién nos transforma?

Sigo sin saberlo claramente.

Al principio de este viaje no quería ir; el trabajo, las obligaciones, las responsabilidades, el dinero, lo material, todo esa larga lista de cosas que siempre nos detienen para darnos un respiro, un aire distinto, un regalo para dejarlo todo y regalarnos un poco de amor, amor propio. Luego de pensarlo varias veces y hacer el ejercicio del despego me dije:

*Te vas Celeste* que lo demás espere, lo demás siempre puede esperar.

 

foto Celeste Mayorga

foto Celeste Mayorga

Era 17 de marzo entre las 08:00am y las 09:00 am del viernes, la camioneta en la que íbamos a realizar el viaje parecía justa para los que íbamos, a algunos los conocía de cerca, a otros de lejos y algunas señoritas eran nuevas para mí. El viaje se veía largo pero en el fondo solo deseaba que aceleraran el paso y salir pronto de la ciudad. La ciudad es linda y me encanta, soy adicta a ella pero últimamente me agota, me asfixia y eso en comparación a un buen playlist de música, atardeceres, montañas y árboles es incomparable y la mayoría de veces solo necesitamos eso para tener la fuerza de volver a empezar. La vida siempre nos deja escoger y parecía que este viaje estaba lleno de ello.

El camino de ida fue largo pero ahora que lo pienso era un ejercicio nato de cuan pacientes podemos ser y como nos vivimos la prisa en la ciudad; semáforos, tráfico, caos.

Durante el trayecto de ida hicimos algunas paradas, reímos también, la confianza fluía y poco a poco entrabamos en confianza. En confianza también entraron las abejas conmigo luego de picarme y dejarme todo el viaje con tabaco en el brazo, mientras me curaban el brazo recordé aquello que me decían en otro pueblo cercano a Quiché *no peliés con las avispas y las abejas, ellas son tus ancestros cuidándote*. Yo siempre que viajo me desbordo en la memoria y amor del abuelo, en los pueblos que me abrazan y las carreteras infinitas que se llevan todo y saben a brisa fresca.

Sin alargarles tanto el relato de ida, al tráfico ni las luces le vimos, constantemente nos rotábamos la música, hablábamos de política, de feminismo (jajajaja es que es cosa seria el patriarcado), hablamos también de sonidos experimentales, de que hacemos en la vida diaria pero también callamos. ¡Ah!, esos silencios profundos que ameritan los viajes largos y grandes trayectos. Esos en que uno detrás de la ventana puede ser todo y nada la vez.

Unas horas después ya estábamos cerca, ya habíamos digerido el pollo Pinulito y la primera India Quiché que sabe a pura alegría en la boca. Ya en esta confianza ya nos nombrábamos; Paulina con el pie en el pedal y aquellas fotos moviendo un picop, Eunice contándonos del IDAE (el nombre IDAE fue cosa seria en el viaje) pareciese que íbamos a llamarle “la señorita IDAE” jajaja. Spanky con la cámara y guardando su música para el regreso, esa parte le tocaba a él, Vanessa no hablaba mucho y comentaba que Guatemala se parece mucho a México, Andrea era una risa completa y Julio que puedo decir de Julio, estaba viviendo el tiempo, estaba viviendo el proceso, ya llegaría la hora de reconocernos entre los dos.

Ya estando cerca de Chajul, nuestro destino final iniciaba un trayecto blanco en carretera, blanco como la ceniza y el polvo, una casa de adobe abandonada al medio del maíz, pedazos de construcciones tiradas y marcas en el asfalto. Uf! ahora que lo recuerdo se me eriza la piel y se me aguadan los ojos. Solo pude preguntar ¿Cuándo se termina la Guerra? ¿Cómo se sana?. Nadie respondió, nadie me respondió en todo el viaje, a veces somos eso, silencio y un país sin respuestas.

Ya entrada la noche llegamos al lugar, nos hospedamos y morimos un rato en las camas.

A las 8 de la noche después de casi 12 horas de viaje empezó el ritual. Conocer a Felipe, verle los ojos, el rojo vivo de su traje, abrir los oídos e iniciar el camino para escucharlo. Nos contaba de cómo se escondía cuando era niño en medio de la Guerra, nos repetía que ellos no olvidan las caras, los rostros, nos hablaba de su papá también, de la reivindicación de la memoria, de sus proyectos, yo en cambio pensaba en cómo había sido su camino para llegar a ser quién era él hoy. Ese diálogo me recordó aquella canción de Mercedes Sosa que dice:

-Uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida-

Yo sentía que estaba regresando después de 8 años a Quiché; me sentía pequeña, las estrellas allí siempre han sido maravillosas, uno cierra los ojos y cree que puede agarrarlas con un dedo. Eunice sentía lo mismo, sentíamos esa impotencia que produce haber estudiado Ciencias Sociales en un país como Guatemala pero también esa bendición de ver la realidad de los pueblos, de ver los ojos de los otros que no dejamos de ser nosotros.

Así entonces conocimos el pueblo con Felipe, llegamos a la plaza y nos contaba cómo funcionaba todo y como llega el olvido también, como la gente calla y se va perdiendo lo ancestral.

En el camino y ya agotados pasamos por esos puestos de futío en los pueblos, para sorpresa de nosotros Andrea era un chicle con los niños, estaba rodeada de ellos gritando y jugando a todo vapor. Otra emoción más, en la capital casi nadie sale de noche ya sea por violencia o porque el primer miedo es la mente propia, en cambio allí en Chajul parecía que no existía el miedo, allí todos jugábamos y quizás éramos libres también.

Para cerrar esa noche Julio presento el libro Ser El Fuego a la Cofradía, no entendíamos mucho de lo que hablaban, quizás los pueblos tampoco entienden mucho de lo que hacemos y somos acá en la ciudad.

Normalmente sufro de insomnio, ese día dormí sin despertar. Al otro día debíamos ir a Chiché, había que madrugar.

Ya siendo sábado quise repetir mi ritual personal cada vez que viajo. Me levanto temprano antes de que salga el sol y lo espero a su salida, medito un rato y puedo seguir con mi día. Este día Eunice me despertó a ella no solo le gustan las estrellas también toma fotografías y le gustan los amaneceres.

¡Pero qué sorpresa nos dimos!

El Sol en Chajul sale a las 06:45am en la ciudad a veces ni vemos le sol. Nos quedamos un rato por allí y debo confesar que los ojos no me alcanzaban para tanto paisaje, para tanta vida.

Después de un rato regresamos al Hotel. ya las demás estaban listas para ir a desayunar todos con Felipe y viajar hacia la cascada. Desayunamos, tomamos un delicioso café y probamos un queso hecho en Chajul, de esa comida que solo en un pueblo podes encontrar. El tema que observe en ese momento y más me toco fue que en toda la estadía nunca comimos con María (esposa de Felipe) en los pueblos las mujeres aún están detrás de la imagen, detrás de las 4 paredes, detrás del machismo. Lo sentí y lo sintieron varias de las otras viajeras, lo comentamos y también nos atravesó desde nuestros privilegios como mujeres.

María que cocinaba delicioso pero solo una vez la vimos comer con nosotros.

foto Celeste Mayorga

foto Celeste Mayorga

Llegadas las 9am iniciamos nuestro rumbo a Chiché, ¡uf! en mi vida me imagine a que iba, sabía que iba a limpiar mi corazón, mi energía, mi ser a esa cascada pero no que también iba a esforzarme hasta sudar la última gota. En el recorrido hacia allá Felipe decía vamos a caminar y empezamos pues; unos adelante, otros atrás, nos turnábamos, así fue alrededor de unas 3 horas hasta llegar.

¡LLEGAMOS!

Belleza, ropa afuera, pies descalzaos, tierra entre los dedos; amor, alegría, silencio que limpia.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí pero si cuánto fuimos a dejar. En algún momento Felipe tomo mi cámara y la agarro, me pregunto cómo se encendía y solo le dije: Úsela como pueda, lo que vale es lo que se siente. Y así fue, me sentí viva. En cambio unos caminaban, otros fumaban, alguien nadaba y otros abrazaban las piedras. Estábamos siendo.

Foto Celeste Mayorga

Pasa do un rato Felipe decía que había que regresar. Yo pensaba el regreso y la caminada, el sol estaba fuerte pero el camino verde.

Así regresábamos ante el sol de medio día, cada paso que daba era decir ¡vamos, hay que seguir!. Se me aceleraba el pecho, la boca seca y unos jalando a otros. Una de nosotros ya no podía más y recordé aquello de la paciencia, de saber esperar, de saber acompañar, de la edad y de otra vez el tiempo, ese que exige auto-cuidarnos. Ya estando en una de las subidas más altas sentí que ya no podía más pero llegamos, me resonó aquella apología de que -cuando está más oscuro es porque viene la luz-.

Sin más, llegamos a carretera y ya estaban esperándonos. Nos fuimos hacia Juil. Allí María tenía un delicioso Boxbol de almuerzo, picante también. Mientras descansábamos y esperábamos que sirvieran, Felipe saco una tira de balas que un día en el Conflicto Armado un soldado dejo tirado, la puso en la mesa y todos callamos. Uno como joven frente a la memoria de la Guerra nunca sabe qué hacer, qué decir.

Pasado eso almorzamos, hablamos de proyectos y de cómo Juil aún permanece sin luz, de las hidroeléctricas, de la juventud para rescatar la memoria….

Regresamos al Hotel y dormimos por horas, estábamos muertos físicamente otra vez.

Foto Celeste mayorga

Foto Celeste mayorga

Más tarde cenamos los deliciosos frijoles de María, los esperábamos con ansias. Caminamos también con la Cofradía hacia el altar. Ellos bebían octavo tras octavo, veía a los adultos danzar en esa danza del amor, de la espiritualidad, de lo maya, de las raíces ancestrales dónde venimos. Así los vimos todas, así vi también a Julio bailar con uno de los abuelos, nunca olvidare esa imagen. Una imagen que no solo muestra el poder del amor sino de tirar el machismo por los suelos, de colectivizar, de compartir. Mi fotografía del viaje.

Ya cansados caminamos de regreso al Hotel y dormimos a plenitud, el día siguiente era la ceremonia maya, era el inicio del nuevo ciclo maya.

Foto Celeste Mayorga

Foto Celeste Mayorga

Llegado entonces el último día de viaje, ese en que cerrábamos ciclos. Iniciaron, sin tardar mucho, el proceso los tatas para dar pie a la ceremonia maya. En el tiempo físico hicimos un círculo y el FUEGO empezó a arder. El fuego es poder, es ceniza y con la ceniza este año viejo se despedía. Soltamos, dejamos ir y de nuevo volvimos a transformarnos, nos abrazamos también, reconocimos la llegada de la memoria a través del arte, a través de los hilos, de la naturaleza, de lo ancestral.

Sin mucho que agregar visitamos algunos lugares sagrados para despedirnos de Quiché, para prometer volver, para seguir construyendo hilos de memoria.

 

El camino de regreso fue aún más silencioso entre nosotros pero con un playlist de música que se encargaba de todo. Un reconocimiento del tiempo, de esas preguntas que no podemos responder pero aprendemos a vivirlas. De estar hoy acá y mañana allá, de encontrarnos en los ojos de los abuelos y de los otros.

De permitirnos ser el amor, ser el agua, ser el sol, ser las estrellas y sobre todo ser la memoria,

de volver a

SER EL FUEGO

cada vez que se necesite.

 

 

*1705 53914… dicen. Cielo Celeste No. 26. Ni ladina, ni mestiza, aún sigue en la búsqueda. Aspirante a Socióloga y Foto-Periodista, más autodidacta que lo anterior. Cree que el arte y la cultura puede llegar a ser un medio social de transformación. Le hace a las artes visuales, en especial a la fotografía y el performance, a veces también escribe y sigue aprendiendo de la gestión. Como todo(a)s, vive realidades alternas de lucha social en un pedacito de tierra llamado Guatemala.

 

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