Nada pesa, Carolina Escobar Sarti

Autor: Julio Serrano Echeverría

 

La gravedad es una de las sensaciones más sublimes y cotidianas de la vida. Estamos acá, erguidos, nada más por esos 9.8 mts/s2, y los árboles, y los pájaros, y la dirección de los ríos, las mareas (pleamar es una palabra que me seguirá acompañando en la vida como un caramelo, aunque caramelo sea una palabra que solo utilice para hablar de pleamar); toda la vida tiene que ver con esa fuerza sencilla de la masa del planeta.

Para poder levantar los pies para caminar, para llegar a un lado, para bailar de cachetío Begin the begin interpretada por la marimba orquesta Gallito, necesitábamos un verdadero milagro de la vida, bien lo decía Cardenal en su Canto Cósmico que es más fácil armar cada una de las piezas de un Boeing 747 en pleno vuelo a que un planeta quede en la distancia necesaria para que la vida surja, un tanto menos y nos freímos, un tanto más y nos congelamos. Y acá estamos, de pie, sentados, con la columna vertebral recta y el cabello cayendo sobre los hombros de quienes les cae el cabello sobre los hombros, a nosotros, los arbóreos nos caen más bien flores de los árboles que recolectamos cuando vamos en bicicleta.

Y es el mismo principio, todo cae si no resiste a esos 9.8 metros/s2, y se para uno sobre la pesa y pesa, no nos estamos haciendo más livianos, la vida se encarga que con cada día que termina algo pese un poco más en nuestros pechos. Pero, en el sentido más pragmático, esa decisión de no seguir juntos a pesar de amarnos tanto, como la de caminar por un helado o de subirnos al carro, pesan lo mismo, la masa por la gravedad. Y en nuestros pechos, el universo se narra de otras maneras, en lo abstracto, pero desde ahí es precisamente donde nuestros cuerpos dictan la ruta.

Y al cuerpo, señoras y señores, no hay mayor cosa que inventarle, somos quienes somos, ahí desnudos viendo el techo encima de nuestras camas, desparramados como se puede desparramar el amor, el sueño, el hambre. Acá donde nos vemos, cabe todo, y por lo tanto podemos nombrar el todo desde este fragmento evolutivo que termina en un pulgar prensible, en uno que puede apretarle la nariz al sobrino mientras le hace pensar que cada vez que se hace eso, suena una trompeta.

Nada pesa (F&G Editores, 2017) es, antes que un libro, una afirmación. Una de esas que hemos aprendido a esquivar con el subjuntivo, pero que Carolina Escobar se anima a colocar al frente del libro. Si nada pesa entonces todo, a su manera, flota. Ahora el riesgo lo corro yo, (estoy seguro la física me respaldará, pero por esta vez, queridos positivistas cartesianos, vayan a escupir a sus casas).

Así, quiero empezar reconociendo el inmenso valor que requiere esa afirmación. Estamos ante un libro valiente, libre, porque no se puede ser libre sin valentía, y ahí empieza todo: Carolina se paró frente a uno de los espejos más hermosos que la humanidad ha creado, y afirmó que nada pesa, ahí, en su desnudez frente al espejo se las rifó para decir “este es el universo” y sus manos recorrieron su cuerpo de mujer como cuando el personal de a bordo hace el protocolo de seguridad de un vuelo. Hela acá, henos acá, plenos, vivos, erguidos sobrepuestos a los caprichos del universo, no somos nada, es el principio, después, somos el universo, ¿alguna objeción?

El espejo ante el cual Carolina se para fue sentido, pensado y escrito a lo largo de varios siglos en las antípodas de nuestro territorio. El I Ching es un libro que la humanidad vio nacer de las entrañas de la tierra, del corazón de las plantas, del movimiento sutil de la crin de un caballo, del viento formando nubes y la lluvia bajando de ellas. Hace varios años decidí pensar que la poesía es la tradición del gruñido y que ente la pintura de un mamut en la cueva de Chauvet y un verso de este libro hay una línea continua de luchar del lado de la vida y de eso también trata Nada pesa.

El I Ching contiene 64 hexagramas que describen el universo de manera aleatoria, y en esto también estarían de acuerdo los físicos -a pesar de haberlos mandado al carajo- la indeterminación del relato universal está presente igual en todo eso que no sabemos de las estrellas como en lanzar seis veces unas monedas para trazar el valor de los hexagramas. También tengo que decirlo, a mí el I Ching me ha salvado la vida más de una vez, y lo consulto con periodicidad, y a pesar de sentirlo cercano, cálido, amoroso conmigo, no puedo decir que lo conozca tal cual, y dudo que alguien pueda afirmarlo con certeza, al I Ching se llega, y se habita, es un lugar, un espacio del que se puede entrar y salir, y esto lo vuelve un libro absolutamente poético. Y es que acaso, ¿no es precisamente ese el truco de la poesía?, cada verso, cada estrofa, cada poema es una puerta de entrada y salida, los perezosos aventureros como yo la amamos ciegamente por eso: no tenés que terminar el libro, ni siquiera tenés que terminar el poema: un verso, uno solo, una sola línea puede devolverte a la vida como un rayo, de ahí en adelante, el lenguaje es el trueno.

Nombrar el universo es una experiencia propia del lenguaje, por obvio que suene, es la versión pulgar prensible del sentido de la vida, es propio de estas palabras articuladas decir que la vaca es vaca que la piedra es piedra y el amor, pues eso, amor. Y sin embargo hay que reconocer que este idioma en el que estamos hablando nos mantiene naturalmente expulsados del universo, es decir, al no ser el español un idioma que nació o se desarrolló desde este territorio, al ser un idioma invasor e invadido, no describe la “realidad” del espacio- tiempo que compartimos. Y aunque no podamos decir que este paisaje kárstico que nos dibuja esté descrito en este idioma, sí es verdad que podemos, por lo menos, intentar participar de la fiesta. Dice Carolina en uno de sus versos

 

Si vos me ves y me nombrás existo toda,

vos destino de mi palabra, yo oficiante del poema

nos reconocemos. Entonces sucede

:existimos para el otro.

 

Y en este fragmento encontramos uno de los grandes éxitos de la resistencia vital de la poesía: la existencia del otro. Acaso la poeta se dedica a encontrar cómo están relacionados los signos que se aglutinan en la puerta de la caverna como piedras. Nombrar al otro, reconocerlo, reconocernos, como dijo Whitman “soy gigante, contengo multitudes”, pues exactamente así. Carolina se atreve –porque, de nuevo, es cuestión de atreverse- a nombrar el universo a partir de estos 64 tópicos que cuelgan a manera de hexagrama en el árbol del lenguaje… chino, con sus ideogramas alucinantes. Todo lo que se necesita para crear el universo está ahí, en esos 64 sentires, como todo lo que se necesita para crear la vida está en los 20 nahuales, y los 22 arcanos mayores y los 56 menores, los sistemas aleatorios de narraciones de historias son propios de la profundidad del pensamiento de los pueblos, y claro, agarrar esa ruta es una manera de reconstruir el universo incluso sin tener las palabras locales que sirven para nombrar esta imposibilidad de nombrar.

Hablamos pues de la universalidad del lenguaje y de la poesía como vehículo de ese gruñido primigenio en el que todo comenzó. Los sistemas oraculares son un pedazo del espejo en el que anhelamos encontrarnos, y es que, ¿a quién carajo le preguntamos sobre la vida cuando todo se va a la mierda?, y a esta pregunta todos acá tenemos una respuesta distinta, y uno de esos espejos es la ciencia tal cual occidente la entiende, y otro es el I Ching, y así, etcétera. Demás está decir que el término universo carece de generosidad en su etimología, el uno y lo que lo rodea, parfavar, me recuerda una escena de aquella película de Werner Herzog que se llama Donde las hormigas verdes sueñan, en donde un geólogo alemán –que iba a hacer una mina sobre unos hormigueros sagrados- habla con Marika, un pintor líder del pueblo Rirratjingu, explicándole las maravillas de la creación del universo y el big bang, y la expansión del universo, y la chingada y Marika le golpea el hombro como un viejo sabio que le regresa a este tiempo, o a aquel tiempo, y ante la diatriba cosmogónica occidental solo le dice algo así como “mano, cómo se nota que no sabés nada del universo”. Pues así.

Algo de esa palmada tiene este libro de Carolina, cuando crea el universo desde la primera persona, desde su ser mujer, desde la voz poética de esa mujer que atraviesa valientemente los 64 hexagramas e insisto, eso no es poca cosa, es nada más y nada menos que la creación del universo desde la subjetividad sensible de la poeta que ante “La fuerza domesticadora de lo grande” uno de mis Hexagramas amados, escribe

 

hasta que el abandono deja de importar

y comienzan a importar el amor

el ahora, el segundo de vida y la eternidad

entonces marcharnos o que se marchen

ya no abrita el miedo

porque lo que cuenta

se siente en tora parte del cuerpo

 

esta vez me quedo.

 

No voy a citar acá el último poema/hexagrama “Antes de la consumación” . Pero su belleza me tiene todavía el pecho abierto sin miedo a que se infecte, solo esperando la semilla.

Más de una vez me he preguntado cómo le hace Carolina para atravesar todos los días el fuego en ese trabajo heroico que hace con el equipo de Alianza y las niñas que luchan intensamente entre la vida y esta realidad de mierda. La vida es una palabra que define con honestidad a esta mujer, a esta amiga, a esta querida y gran poeta, y siempre he pensado que la poesía es el truco, en la grieta acecha Dios, diría Borges en el poema que abre este libro.

Quisiera terminar esta dispersa y sentida lectura por este libro recordando que, entre muchas cosas, nos devuelve el valor universal de las palabras, ya con ideogramas, con glifos, con alaridos o con emojis, el lenguaje crea y recrea donde el miedo destruye y borra. Por las pinturas rupestres de los ancestros, por la sabiduría universal de este espejo bellísimo, por ese libro de poesía china basada en los nahuales que está empezándose a escribir al otro lado del planeta, por las piedras que viajan de Angkor Wat a Guatemala, de Nepal a Senegal, de Francia a Filipas, por las palabras que cruzan el tiempo porque qué más haría la poesía sino trazar esos puentes infinitos, por eso celebro este libro y concluyo con las palabras del poeta Lu Chi, que escribiera en algún lugar de China hace 1700 años en un texto que se llama “Ensayo sobre la literatura” el apartado que dice “El uso de la literatura”:

 

El uso de la literatura

consiste en que comunica todas las verdades.

Expande el horizonte para hacer el espacio infinito

Y sirve como puente que cruza miles de años.

Hace mapas de todas las carreteras y senderos para la posteridad.

Y es espejo de las imágenes de los venerables antiguos.

Para que las majestuosas construcciones de los sabios reyes de la antigüedad puedan ser levantadas de nuevo

y sus voces admonitorias, llevadas por el viento desde un tiempo inmemorial, sean oídas otra vez.

ninguna región es bastante remota que no la penetre.

ninguna verdad es tan sutil que no la teja en su vasto bordado.

como la bruma y la lluvia, cala y alimenta,

manifestando todos los poderes de transformación compartíos por los dioses y los espíritus.

hace duradera la virtud resplandeciente de bronce y piedra,

y resonando en una corriente eterna de melodías,

de flautas y cuerdas por siempre renovadas

 

Nada pesa

 

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