Laberintos para visitar a un primo: La ciudad de los minotauros de Carol Zardetto

Autor: Julio Serrano Echeverría

 

Walter Benjamin nos dejó esta imagen de la historia como un destello, aquello que vemos cuando cae el rayo, la memoria sería acaso el sonido del trueno. Pero también habló de la memoria en alusión a las esculturas mutiladas, la imagen invisible pero indiscutiblemente real de los brazos de la Venus de Milo, su rostro como el gran secreto de la esfinge nos observa fijamente desde su ausencia de siglos, desde el momento en el que la tierra reclamó para sí aquello que ocupa ahora el vacío.

Y la imagen de la escultura es necesaria. La novela es a la literatura lo que las grandes esculturas son al espacio, una suerte de monumento aún sin serlo, un tótem de palabras que tiene esta pulsión de inmortalidad en la acumulación de las palabras como materia; una montaña, literalmente, de palabras apiladas sobre el sentido. La confesión: soy el peor lector de novelas, por perezoso, siempre me quejo de lo mismo, demasiado tiempo para encontrarse con uno mismo, digamos 300 páginas para terminar con una mano intensa en el pecho.

Qué lo iba a saber Carol Zardetto, qué lo iba a saber yo. Hay un texto mucho más complejo que sus novelas o que mi poesía, uno del que ambos son parte y se conectan, y no me refiero a la literatura, me refiero al tiempo. Qué íbamos a saber con Carol que la vida nos iba a conectar de esta forma, misteriosa, afortunada, casi mística si queremos. A Carol y a mí nos escogió un personaje que desapareció de las palabras a finales de los 60, y sepan ustedes perdonar esta pretensión del “ser seleccionados”, pero así funciona esto, la vida, lo decía el viejo Atahualpa “si has sentido el reclamo de tu tierra, si comprendes su sombra, te espera una enorme responsabilidad”, el viejo recita el poema haciendo un énfasis brutal en esa última palabra, con su voz de pampa en plenitud lo dice despacio y recio res-pon-sa-bi-li-dad. Y ahí toman otro sentido las 300 páginas de La ciudad de los minotauros.

Empiezo entonces hablando desde mi masculinidad, desde un momento vulnerable de mi vida en el que entro al laberinto del minotauro (acaso no es esa la mejor imagen para describir el sentido de una novela: el laberinto), me urge decir que en este tiempo en el que apenas empezamos a desarmar la maquinaria de la bestia patriarcal, que la sensibilidad de un hombre –Felipe, el protagonista de la novela, un cincuentón guatemalteco con suficientes recursos para irse una temporada a NY a hacer un curso de guión cinematográfico-, es, efectivamente, un laberinto. Eso es así para toda la humanidad, pero a propósito de los tótems, la masculinidad impone su propia piedra inamovible que consiste básicamente en aceptar la infinita cantidad de versiones de la mujer narradas por hombres –cientos de miles de veces sin pregunta- pero que urge por la desconstrucción de ese ser sensible invisibilizado por la bestia a ojos de una mujer, ¿en qué radica la diferencia?, pues la respuesta es lean la novela y verán. Pero tengo que añadir en este espacio que jamás imaginé sentirme tan comprendido en este mi propio laberinto vital como cuando la sombra –la de Atahualpa- es deconstruida por la sensibilidad de esta autora.

Ahora bien, ese fue un elemento fundamental para mí, verme en esas palabras, en ese personaje perdido que se encuentra, el viaje de retorno es una de los más trascendentales motivos de la literatura, y este personaje que se va a NY para encontrar su camino de vuelta –acaso de vuelta al sentido del sinsentido este que nos devora las tripas-.

Pero hay otro asunto acá en todo esto, y tiene que ver con algo mucho más complejo que las lecturas de nuestras sensibilidades, perdón por la comparación injusta pero quizá, espero, necesaria. La memoria y la identidad son un espacio en el que caben más cosas en tensión y que sí por supuesto pasan por nuestra identidad de género, pero que atraviesan otros laberintos tan necesarios de atravesar en el país. Déjenme me explico.

A Carol y a mí el personaje principal de esta novela nos unió. Y cuando digo Prinicipal lo digo con mayúscula, porque no se trata del protagonista, no podía ocupar ese lugar en el relato, me atrevo a decirlo: no debía. El Principal es Sha´s Kou, un contador de los días Ixil que vivió en esta región de nuestro “interior” en el siglo XX, entrevistado por una pareja de antropólogos gringos durante los 60: el testimonio de Shas, resguardado en el libro El contador de los días de Colby, el generoso gringo antropólogo, es uno de los testimonios fundamentales para entender no solo ese momento de la historia (que empieza con el maldito infierno del monocultivo del cafecito delicioso que nos enloquece con su aroma, como el elemento fundacional de la esclavitud en ese país esclavista, racista, clasista e hijo de la gran puta que también es este país). Las palabras de Shas nos unieron el día que don Gaspar, uno de los cofrades de Chajul, me contó, gracias a mi amigo Felipe (vaya coincidencia, con el mismo nombre que el protagonista de la novela), que él era amigo Shas y que unos gringos habían escrito un libro sobre él. Inmediatamente le mandé un mensaje a Carol con quien ya nos habíamos sentado a hablar sobre guiones de cine. Esto pasó antes de que la novela se publicara, en aquel momento ya estaba terminada pero yo no sabía que, como pasa tantas veces en este país, nuestro destino se había escrito en una novela de ficción que narraba con fuerza irreprimible el futuro de nuestro encuentro.

De ese encuentro con Shas, con Carol, con los ixiles, con los Felipes, con el envoltorio sagrado que aparece en esta novela justo mientras trabajo en mi primer largometraje documental llamado El envoltorio sagrado, de esta serie de conexiones en las que mi corazón encuentra un alivio necesario en esta novela, en estos encuentros; de esa serie de eventos afortunados me tomo la libertad de extraer estas últimas ideas para tratar de cerrar este pequeño ejercicio de presentarles a ustedes esta novela tan necesaria:

 

3)La historia es relato que, narrado desde estas tierras, solo puede entrar a nuestros cuerpos a la luz de la polifonía, del recorrido de varias voces que se suceden y que casi simultáneamente trazan en nosotros una figura que está muy lejos de ser totémica. La historia, que debería ser con mayúscula pero que por coherencia no será, es la suma de las voces y la visiones que encuentran en la subjetividad –la literatura, por ejemplo- uno de los terrenos más fértiles y sanadores. El asunto fundamental de la historia para nosotros los guatemaltecos no es entendernos, es sanarnos.

 

7) Las posibilidades teóricas de la otredad, otra vez, leída y escrita desde este tiempo tienen una fuerza especial cuando reconocemos nuestras enormes limitaciones, por supuesto, pero la necesidad legítima e irreprimible de volver a encontrarnos con el otro, y acá hay que decirlo con pelos y señales: hay una necesidad apremiante entre el encuentro polifónico del ladino y del indígena en Guatemala. La trampa está en el concepto de hermandad, eso es reducirlo a una función demasiado controlada, los primos tienen una magia distinta, sepan ustedes perdonar mi osadía de nombrar acá a los primos y a los vecinos en vez de a los hermanos, pero es lo justo. La hermandad viene de otro lado y se resuelve de otra forma, el encuentro y la necesidad de abrazarse y echar punta juntos por ejemplo, y eso sobrepasa las categorías de análisis. Pero para ese abrazo y esa lucha falta el poder acercarnos sin gomas, ni culpas y sí con la responsabilidad leída como la leyó Atahualpa, con la voz de la tierra profunda: res-pon-sa-bi-li-dad, y esta novela es una prueba irrefutable de cómo tantos anhelamos ese encuentro, esa reunión en el centro justo de este tiempo.

 

21) Para poder resolver este acertijo que llevo por dentro te necesito, necesito encontrarme en tus ojos, en tus palabras que sabrán narrarme como mi silencio y mi infortunio no logran hacerlo, ni lo lograrán. Necesito entregarte esta imagen rota, los pedazos rotos del espejo. Confío en tus manos y en tu corazón. No lograré encontrarme a mí si no es a través de ese esfuerzo sensible que hiciste para devolver con generosidad aquello que la vida puso ante ti. De nuevo con don Atahualpa “nada apagará la lumbre de tu antorcha, por no es solo tuya, es de la tierra que te ha señalado”.

 

27) Mientras escribía este texto, mi padre se asoma a la mesa donde trabajo y me dice, yo creo en lo que ustedes hacen porque la levadura que se le echa a la harina es un pushito, y ni se entera la harina cuando se fermenta, es hasta entonces que se puede hacer el pan.

 

Carol Zardetto

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