La horqueta

Autor: Julio Serrano Echeverría

 

La imagen de la rama bifurcándose. Digamos la vida tenía dos caminos y elige los dos. La figura: la de la ye, la raíz ascendente que se bifurca para formar un signo. Pero también para sostener una densa fibra de hule que termina en una diminuta faja de cuero capaz de abrazar una piedra digamos del tamaño del pulgar de un adulto.

Llega a mi mano un regalo muy especial. Una onda de Chajul, Quiché. Una onda antigua, la horqueta tallada y pintada de negro es la imagen de un mono, un mono con una máscara –que podría hacernos pensar en un personaje danzante-, a la espalda del personaje un monito, con sus ojos abiertos: dos puntos penetrando la madera viendo fijamente a nuestros ojos. Un mono y un monito: una onda. Una onda de Chajul donde me quedó clarísima la fuerza de la vida, digo, caminar en la noche en medio de la niebla a inicios del 2015 y pensar en el tiempo y su elasticidad y en nuestros cuerpos como esa piedra-pulgar que podría pasar por en medio de la horqueta, y desplazarse al pasado y al futuro en un mismo movimiento y pensar en el terror y en la sombra y en el amanecer como el movimiento de un niño cazador jugando con su onda.

El monito, pues, que comparte signo con el hilo del tiempo, una horqueta de Chajul, una rama en forma de ye donde la vida tuvo dos caminos y eligió los dos.

Apretar la onda con el puño y pensar nuevamente en el tiempo, el lanzamiento parabólico que, vaya hermosa coincidencia, es el mismo movimiento que hace el sol sobre nuestras cabezas. O más bien, que nuestros corazones hacen alrededor del sol, disparados desde algún lugar del tiempo.

 

Calles de Chajul

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