La bestia

Autor: Julio Serrano Echeverría

No hay que dejar
para el final la sorpresa.
No hay mérito
en verse en un espejo
y descubrirse bestia,
no hay valor alguno
en escribir un poema
sobre cómo un día te levantas
piensas en lo más horrendo de la vida,
en la miseria del espíritu humano,
y descubres que, efectivamente,
siempre estuvo ahí.
Sin embargo, darse cuenta tiene lo suyo,
lo obvio no es evidente hasta que lo ves,
así de obvio.
Una mañana,
y otra mañana,
y otras tantas mañanas
descubres que la bestia
es ese animal humano
que siempre va a estar ahí,
que la más vil de las bajezas
siempre pudo ser la tuya,
o la de tu hermana,
o la de tu abuelo,
y que seguramente
tú,
tu hermana,
y tu abuelo
podrían pasar a la historia
como otra más de las bestias
que llenan con sus nombres
la historia infinita de las sombras.
Hay que ver a los ojos a la bestia,
llamarla por su nombre,
aquello, lo más horrendo,
pudiste haber sido tú,
y esta vez no lo digo por la víctima,
pudiste haber estado del lado del gatillo,
del fuego,
del pie en el acelerador,
siempre podrás.
Hay que ver a los ojos a la bestia,
y decirle tu nombre,
reconocerla,
verla fijamente y pedirle perdón,
no sé por qué perdón,
pero decírselo,
solo es que parece que
el perdón es la manera en que la sombra
toma forma humana debajo de un árbol
por el que se cuelan los cálidos rayos del amanecer.
Hay que verse uno a los ojos
sin sorpresa, con calma
en la fría habitación del baño,
como si le bajáramos un poco
la temperatura a la vida,
verse a los ojos
y hablar con claridad,
pronunciar con entereza tu nombre,
y pedir perdón,
e inmediatamente después,
hacer un justo reclamo
a esa imagen que se parece tanto a la vida.

 

Saturno devorando a su hijo

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