Francisco Morales Santos

Autor: Julio Serrano Echeverría

Hace poco cumplía 75 años nuestro querido Francisco Morales Santos. Apenas 75, podríamos pensar si sentimos esta temporalidad desde la poesía, apenas siete-cinco, como si el Popol Wuj, como si la Ilíada, como si los cantos de Enjeduana, como si el Cantar de los Cantares, como si el Tao, como si nada, como si el tiempo, apenas cumplió 75 años nuestro querido Paco, y no me cuesta nada imaginarme a un adolescente con sus preguntas y su acné del siglo XXIV, leyendo y releyendo:

Quiérase o no, tus actos han sido la argamasa con que se edifica
este país carajo; país hecho de actos sencillos y humanos simples
que, al cabo, es lo que cuenta

No nos cuesta nada imaginarnos aquellos versos en el dispositivo que sea que use un adolescente o un viejo, da igual, allá en el XXIV. Pero acá en el XX y el XXI, estamos los que estamos, y somos todos los otros que vinieron antes, yo seré Paco algún día, y seré Nájera y Luz e Isabel y ya soy un poco Otto y Manuel y así somos todos, estas pirámides invertidas que terminan justo en la punta de un lápiz, que, seguro, esa maravillosa tecnología matérica seguro no habrá desaparecido en el XXIV, porque hicimos los primeros dibujos con carbón sobre una piedra, e insistimos, y fantaseamos de nuevo que algún día lograremos terminar de dibujarlo.

Y volvemos acá al XXI, y volvemos acá a este 2015, a reconocer a nuestro amigo, a nuestro maestro, sí, el máster le decimos entre esa pequeña comunidad que, para ponerlo en términos muy profanos, en Facebook se llama “a mí también me publicó Paco Morales Santos”. Reconocemos acá a Paco, aunque más bien podríamos empezar diciendo nos reconocemos en él, reconocemos los nombres que nos nombran, así de literal, así de literario. Y es que quizá debería de hablar de su obra, porque siempre decimos que el mejor reconocimiento que se le puede dar a un poeta es leerlo, etcétera, etcétera, pero bien, a Paco lo leeremos durante mucho tiempo, sino que nos lo cuente nuestro amigo despeinado del siglo XXIV. Yo esta vez quiero hablar de la persona, yo esta vez quiero hablar de este gran hombre que tiene, por estrategia radical, como un antiguo esgrimista, calígrafo y poeta chino, hablar bajo, cruzar las manos sobre su cintura, sonreír amablemente y hacerse como que no es con él la cosa, radical Paquito.
A inicios de este año fuimos invitados junto a otros poetas muy diversos, a un programa de televisión, sí, es ese programa que están pensando, Un Show con Tutty, un programa de carácter familiar y misceláneo, en este formato televisivo en el que la presentadora dirige un par de preguntas a los invitados mientras va desarrollando un tema, esta vez era la poesía, programa que, hasta la fecha, no logro explicar que lleve ya un par de años de dedicar uno de estos programas a la poesía, al parecer, ya hemos logrado ocupar un puesto en los 260 temas coyunturales que puede tratar un programa que se transmite de lunes a viernes durante un año. Durante un buen rato esperamos en la recepción, luego otro buen rato esperando frente al set y luego finalmente ya sentados en lo que, para este programa, llamaron “el café poético” -literalmente organizaron el set como si fuera una especie de lounge bohemio en el que nos servían un buen número de tazas de café mientras escuchábamos las respuestas a las dos preguntas y el fragmento de poema que leía cada uno de los 6 u 8 invitados que estábamos-. Yo compartí la mesa con Paco en aquel café de set televisivo, y esa vez pensé con mucha fuerza, como hoy, en la inmensa calidad humana de Paco, en su talentosísima manera de sobrevivir durante tantos años no a la poesía, dudo que se pueda sobrevivir a ella, no hace falta, ¡sobrevivir a los poetas!, a nosotros sí, carajo, no estoy siendo ni romántico ni exagerado al decir que, siendo Paco quien es, ha tenido que lidiar con un gran, gran número de poetas, a lo largo de su vida, muchos más de los que le toca a uno lidiar por no haber escuchado a la abuela que decía “pero y de qué vas a comer!”. Y estaba ahí Francisco Morales Santos sentado con nosotros, luego sentado con Tutty Furlán, sonriente, leyendo unos poemas, hablando de Miguel Hernández y César Vallejo, sí, unos de los Migueles y Césares de su vida, y la inmensidad de Paco era una mano suave y cálida en aquel set lleno de luces blancas y frías que recordaba un poco a los programas de Chespirito. Yo, bastante ignorante y demasiado novato para estos trotes, me pregunté más de una vez qué hacía en ese lugar, me hice las preguntas retóricas más torpes y elementales que uno se pone a hacerse pensando en si la poesía es esto, o aquello, y si uno como escritor merece esto o lo otro, qué sé yo, ahí lidiando con el ego estúpido y miope, y enfrente, Paco, a quien debería de llamarle maestro, por muchísimas razones, pero por varias de esas razones prefiero llamarle hermano. Ahí estaba Paco, sospecho yo que sin hacerse esas preguntas de mierda que me puse a hacerme en el set de Tutty Furlán, ahí estaba compartiendo, sonriendo y otra vez aplicando su estrategia radical, ninja también podríamos llamarte, Paco.
Y terminó el programa, y nos tomamos una foto en grupo, y Paco me dijo, quiero salir al lado tuyo, hermanito, y ahora mientras escribo-leo esto, se me hace un nudo en la garganta, y pienso, quiero salir al lado tuyo, hermanito, pero cuando hablamos de salir, bien sabemos, hermano, que estamos hablando de ventanas.
Qué honor compartir este tiempo con un poeta como Francisco, qué honor compartir este espacio con amigos maravillosos como ustedes, que quede en el acta que este no fue un gesto de nostalgia, sino una amorosa piedra que floreció justo antes de quebrar una ventana de la Biblioteca Nacional, querido Paco, te la van a cobrar como nueva.

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