Ser y estar, sobre una identidad ladina

Autor: Julio Serrano Echeverría

Mi nombre es Julio Francisco Serrano Echeverría, y es posible que todo empiece con un nombre cuando se trata de decir quiénes somos. Nací en Xelajú, Guatemala, en 1983 y cuando me preguntan si soy maya digo que sí y cuando me preguntan si soy afrodescendiente también digo que sí. Y no deja de ser extraño explicar por qué lo asumo, cómo me autodetermino. No es tampoco una paradoja que haya sido precisamente el arte el que abriera la puerta: la puerta a la desladinización del sujeto es la sensibilidad, ok, ya lo dije. Crecí en una sociedad profundamente racista, crecí en una comunidad que, cuando se es ladino, se empeña en negarlo todo, hasta olvidar lo que negaba, “no soy” es el principio de la enunciación, seguido de un tratar de ser otra cosa, que si los sefardíes expulsados de España, que si los vascos que llegaron, que si… y si…

Como cuando estaba por publicar mi primera selección de cuentos para niños basados en la tradición oral maya algún amigo, con un dejo de sorna, me preguntó “¿y ahora qué, sos escritor maya?”, la respuesta vino desde dentro, como la raíz que se abre paso en la corteza de la semilla “sí”. Haber escrito ya varios libros en lo que personalmente me da por llamar “clave maya” me confrontó con la urgencia de asumirme, con la necesidad de ser parte de la historia: escribo historias mayas, libros de poesía en clave maya, porque puedo, porque me viene de dentro y porque soy parte. Así es el racismo estructural, te deja fuera, te impide saberte parte de una tradición, de un origen y de sus diversos destinos. Y serlo es enunciarlo, como la foto que mi padre rescató diciendo “esta es la abuela Santos” y varios meses después esa misma foto servía para mostrar el silente rostro de la abuela maya mam. Pero no era necesaria la foto, y aún así está en mi altar.

Como cuando una escritora garífuna me dijo “y tú de qué negros vienes” y yo le trato de explicar que no lo sabía, que no lo tenía claro y que en mi familia nadie lo sabía y preferían no hablar de ello, pero el afro cantaba y el corazón, porque no se tiene un afro, para hablar de mi cabello, se es afro. Entonces esta escritora hondureña me tomó del rostro y me dijo “negro hermoso, los negros siempre vamos a ser hermanos”, y esas manos en mi rostro sí eran necesarias. Y luego fue necesario narrarles a mis padres las historias de donde veníamos, fue necesario empezar a narrar hacia atrás como si de verdad lo supiéramos, e ir derrumbando lentamente los gruesos muros del olvido.

Como un día que hice un test de ADN para poderle contar mejor esas historias a mi familia. Y descubrí que tengo exactamente lo mismo de yoruba que de andaluz, y que sobretodo soy un “Native american” decía el test, y era simpático leer y ver los mapas, como si aquellos colores que me repartían por el mapamundi fueran un relato posmoderno de Pangea. Pero el test de ADN no era necesario y aún así es una máquina de historias.

Como el día que soñé una palabra que jamás había escuchado, Lorombo, me la decía al oído un muerto, “los muertos hablan al oído” me decía mi amigo y maestro babalawo, y descubro que Lorombo es una pequeña aldea al sur de Guinea, una de las fronteras del Imperio de Mali de donde me gusta creer que vienen mis ancestros, de la pequeña Lorombo, que se parece a la palabra lorombe que en Palo Congo significa “buen camino”.

Soy indígena y soy negro. Y cuesta serlo cuando también se es ladino y cuando hay que estar explicando todo el tiempo quién soy. Pero afortunadamente, para eso está el arte.

detalle Lienzo Quauhquechollan, 1530

detalle Lienzo Quauhquechollan, 1530

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