Carta al nacimiento de un volcán

Autor: Julio Serrano Echeverría

Esta carta fue escrita por Ida Hoepfer, una alemana residente en Guatemala en 1902, vivía con su familia en la finca Mundo Nuevo, San Marcos. Existe una referencia a una finca Mundo Nuevo en el tumbador a 50 KM -en línea recta- del Santa María, a lo mejor era la misma, aunque el relato hace pensar que, en realidad, estaban muy cerca del volcán y que estaban de un lado en el que se podía sobrevivir, es decir el lado sur este del Santa María literalmente explotó y, poéticamente, dio a luz al Santiaguito. Vaya momento, íntimamente descrito por esta carta extraída del estudio de la historia Magda Aragón “Cuando el día se volvió noche” La erupción del volcán santa maría de 1902.

En la madrugada del sábado, mientras nos congregábamos para tomar café en la baranda de la casa de granja, nos preguntamos en voz alta, ¿por qué el sol no era visible, por qué estaba tan frío y callado y por qué la naturaleza estaba siendo tan silente? Esperábamos un terremoto. Mientras mi amiga se levantó de la mesa para ir a su habitación en el edificio de al lado, ella paró de repente y llamó urgentemente: “¡Miren, miren, está cayendo nieve!” Los caballeros se apresuraron para llegar a su lado, vieron con atención, y declararon que las partículas blancas eran ceniza y pequeñas piedras pómez que parecían arena. Era bastante perturbador, y todos los ojos vieron con terror una temible y oscurecedora nube que se acercaba de Quetzaltenango. Al momento de acercarse, toda la tierra, cada hoja y cada cabeza estaban cubiertas con polvo gris. Se oscureció más y más, y con los corazones acelerados comenzamos a prepararnos para lo que fuera que se avecinaba. Todo el combustible fue traído a la casa, todas las lámparas y fósforos fueron colocados en un punto central y el gallo recién matado fue puesto presurosamente a cocer en una olla con agua. No nos bañamos para conservar el agua, y utilizamos varios otros métodos para limpiarnos. Los trabajadores habían pedido que se les permitiera dejar el trabajo antes, pero aún así habían sido enviados a trabajar en los campos de café; ahora habían vuelto en grandes grupos demandando que se les permitiera dejar de trabajar. Y, naturalmente, se les permitió volver a sus casas. Muy pronto nos encontramos en una oscuridad absoluta, el olor a humo y cenizas impregnó el aire mientras que pómez y cenizas caían más y más fuertemente. En una hora dos libras de cenizas y piedras fueron depositadas en una media hoja de periódico. Para el anochecer ya tenía diez centímetros de profundidad, y con la luz que se tenía disponible tratamos de excavar varias cosas que eran preciadas para nosotros. A cada cierto tiempo los caballeros inspeccionaban las cenizas y arena para determinar si se estaba espesando o no, y también para constatarnos a todos de que aún eran solo cenizas y arena. Temíamos más que todo a las cenizas calientes, pues estas podrían destruirnos. Cada cuatro o cinco horas los trabajadores que vivían en las cercanías y que son muy gentiles y queridos aparecerían para limpiar nuestros techos para que no colapsaran debido a la carga. Pasamos todo el día buscando la luz y el sol, pero la oscuridad era total, y la caída de ceniza creció de diez a quince centímetros. La noche fue exactamente igual, y el siguiente día y noche también, con otros quince centímetros de ceniza agregados a la alfombra acumulada. En la mañana del tercer día observamos un relámpago en el cielo y era posible discernir las formas de los edificios cercanos. Con corazones agradecidos esperamos dar la bienvenida a la luz, pero nuestras esperanzas fueron rotas al regresar la noche. Y así pasó la tercera noche, una noche en que yo habría de recibir un buen susto; me había quedado dormida después de tanta tensión y exhausta y desperté de repente cuando me di cuenta de una luz en mi ventana. Salí de mi cama y corrí hacia la ventana para ver en la dirección de la cual provenían las cenizas, pero solo había un brillo rojizo en cielo. El viento venía de todas las direcciones y podía verse relampaguear detrás de las nubes de ceniza. Yo estaba convencida que eso significaba que las cenizas calientes empezarían a caer sobre nosotros en cualquier momento, y eso era lo que yo más temía. Mi valiente esposo trató de convencerme de que el brillo rojo era el sol tratando de brillar a través de las nubes. Encendí un fósforo para ver la hora y vi que era tan solo la 1:15 a.m. “En ese caso es que las nubes se están levantando y nos permiten a nosotros ver al volcán en llamas y debieras estar feliz de que la ‘lluvia de ceniza’ va a terminar,”dijo él. En eso estaba correcto, y el día llegó un poco después de las 6:00 a.m. Era un día penumbroso, difundido de una luz gris-azulada, pero nos permitía percibir todo. Oh Dios, qué vista aquella; tan lejos como se alcanzaba a ver, todo estaba azul y gris y muerto, como un cementerio de mamut. Las cercas, árboles y grupos de grama eran paisajes fantasmales. Las hojas grandes de plátano y las ramas de los árboles colgaban grises y pesadas, como en aflicción. Todo se había chasqueado, quebrado o roto. De vez en cuando se podía ver donde estaba el sol, pero no podía atravesar con sus rayos el aire repleto de ceniza. Se podía escuchar truenos, pero era raro ver el relámpago; parecía que quería llover, pero el aire era demasiado pesado. Al fin vino la lluvia, una verdadera lluvia tropical que fue recibida con alegría. Lavó y lavó, hoja tras hoja hasta que se volvían verdes y después más verdes; las flores y frutas salieron en esplendor. El aire se volvió más y más puro, y tanto hombre como bestia se le hizo fácil respirar de nuevo. Rápidamente cavamos canales alrededor de los edificios antes de que el agua que estaba cayendo desde las alturas se abriera su propio camino, llevándose todo a su paso. El pasto comenzó a aparecer por partes, y pudimos esperar salvar un poco de ganado. El domingo dos de noviembre, el fuerte sol tropical se abrió paso a través del aire polvoriento por primera vez en ocho días y trató de mostrar el mundo con una luz más amigable. En realidad no ayudaba mucho, todo se veía tan triste, una tierra baldía de piedra pómez y ceniza en el que ocasionalmente se podía ver un parche verde. Estos parches eran las zanjas que la lluvia se había abierto a través de diecisiete centímetros de pómez y ceniza. Árboles desarraigados y ramas quebradas ensuciaban la tierra gris. Todos los pájaros de canto pequeños estaban muertos. Ellos habían venido en grandes bandadas hasta nuestro hogar, habían comido de nuestros platos, y a la siguiente mañana estaban muertos. Un día tuvimos a siete de estos encantadores pajarillos en nuestra habitación junto con algunos cuantos pájaros de canto. Tan solo los loros y los buitres sobrevivieron la semana. La mañana en que empezó la tormenta, nuestras vacas ya habían sido llevadas a pastorear, y sus becerros dejados en los establos. ¿Cómo es que habríamos de devolver a las vacas en la oscuridad y la lluvia para tener leche para nuestros niños? A la mañana siguiente dos hombres decidieron valientemente salir a buscar con lámparas en el pasto densamente cubierto hasta que con suerte se toparon con una de las vacas de leche. Nadie se alegró más que nosotras las madres, ¡nuestros hijos no tendrían que padecer de hambre después de todo! Los pobres becerros fueron perseguidos hasta el pasto para que buscaran a sus madres, nos sentíamos muy mal por ellos, pero era su única oportunidad de sobrevivir. El agua también había sido una gran preocupación, seis hombres saldrían juntos en la oscuridad armados con linternas, ollas para cocinar y hervidores para traer el agua y llenar la gran cisterna de agua en la cocina. ¡Pero que visión era el agua, casi negra! Permanecía negra aún después de filtrarla a través de ropa de tejido apretado, las partículas de arena, tierra y ceniza eran tan finas que no había forma de sacarlas. Con dicha agua cocinábamos, y la comida tenía sabor a arena. La ventilada cocina se había convertido en un lugar asustadizo y fantasmal. Todos los utensilios de cocina estaban cubiertos con el grosor de un dedo de pómez, el hogar y las mesas también estaban cubiertos. Aún si un grupo de carpinteros, plomeros, albañiles y pintores hubiesen estado aquí todos al mismo tiempo, hubiesen podido dejar el desastre que la arena y la lluvia de ceniza habían dejado. Al tercer día los caballeros descubrieron al fin un nacimiento de agua y todos estábamos contentos de tener al menos agua semi-limpia. La lluvia de ceniza y pómez había durado un total de sesenta horas, ¡y qué horas tan largas habían sido! Las esperanzas se habían quebrado y renacido, el miedo y valentía bajado y fluido; nos agrupamos con nuestros hijos en una habitación y tratábamos de darnos valor los unos a los otros. Nadie sabía realmente qué estaba pasando, qué podría desarrollarse, o por cuánto tiempo continuaría así. Y nuestra apariencia; nuestras cabezas estaban cubiertas con polvo y era imposible pasar un peine por nuestro cabello; tampoco podíamos lavarnos realmente en el agua sucia. Gracias a Dios pudimos salir de esto sin ningún daño serio a nuestra salud. Los techos de innumerables edificios descuidados y abandonados sucumbieron debido al peso de la pómez y ceniza y colapsaron. En nuestra finca solo los hogares abandonados de los trabajadores colapsaron, de los cuales los trabajadores habían huido a sus aldeas para poder morir en donde habían nacido, o con esperanza de que la plaga no llegara hasta allá. La mayoría de las fincas se habían quedado sin trabajadores y el trabajo por hacer se había duplicado; esto, en época de cosecha, deletreaba un desastre. Logramos que desenterraran nuestro pequeño huerto de vegetales y guardamos los vegetales. Pasaría un buen tiempo antes de que pudiéramos volver a sembrar Aún después de nueve días, no sabíamos qué había pasado. El volcán Santa María había explotado, eso era un hecho, después de todo habíamos sido testigos de la luz de fuego y las nubes de humo. ¡Que el cielo nos proteja de tales aflicciones!

Ida Hoepfner

 

 

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