Al inicio del tiempo, una piedra

Autor: Julio Serrano Echeverría

Caminamos un trecho de un par de kilómetros que tenían de largo lo mismo que el lodo de profundo. Felipe, nuestro amigo Ixil, caminaba liviano sobre las piedras, sobre los troncos, llevaba un pantalón negro y unos zapatos de vestir del mismo color; al final del recorrido, salvo algunos pequeños salpicones de lodo, sus zapatos seguían brillando. Nosotros, por el contrario, estábamos con lodo hasta las rodillas, y en mi caso, hasta los codos. Tratábamos de subir a un altar en medio de una milpa cerca del cerro de Juil. Felipe le llamaba indistintamente altar e iglesia, no dudo que en Ixil tenga mejores palabras para nombrarlo, pero sus acotaciones eran del tipo “estas gradas son la entrada del templo”, “acá se mira el muro de la iglesia” , “este es el verdadero altar del señor de Chajul”. Al llegar, unas ruinas se erguían en medio de una milpa seca y caída, tal como quedan los sembradíos de maíz luego de la tapisca.

En el lugar era fácil de reconocer algunas gradas, piedras que pudieron ser un muro, y entre ellas aún erguida la que parecería ser la esquina de algún lugar de la edificación. Varios cientos de años se guardaban en esa esquina, en esa pared de un poco más de metro y medio que aún quedaba de pie, y que ahora es el altar principal de Juil, el lugar donde dicen que estaba Chajul al inicio, al inicio del tiempo hemos de pensar, sobretodo cuando Felipe señala una piedra que queda erguida frente a esta pared: esa piedra está ahí desde los orígenes del tiempo, nos dice, es un jaguar.

Yo veo fijamente a la piedra y está llena de vida, telarañas, insectos, musgos, hongos, el jaguar que está ahí desde el origen del tiempo es un árbol de raíces cámbricas, de raíces ígneas del cretácico, piedra volcánica hecha jaguar; quizá piedra caliza. A la memoria de aquel Jaguar habría que añadirle el trazo de la mano que lo hizo jaguar, como si se escribiera lo obvio sobre la piedra, y la palabra infinita de Felipe, “el inicio del tiempo”. Si se raspara un poco la superficie de esta piedra y encontráramos un material blanco, podríamos imaginar que antes de haber iniciado el tiempo, esta piedra era el fondo del mar.

Y el fondo de mar nos da vértigo. Por eso miramos sobre todo al cielo.

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