el abrazo de Luis de Lión en la sombra

Autor: Julio Serrano Echeverría

Foto Julio SE

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Hace un par de años leyendo los poemas del volcán de fuego descubrí algo que era evidente, ponerse a contar uno para atrás da otros datos, otras conexiones, yo estaba prendido a la chiche de mi mamá cuando desaparecieron a Luis de Lión, yo estaba entre los brazos de mi viejo o ante la mirada atónita de mis hermanos cuando terminó de escribir La puerta del cielo y otras puertas. Hay que ser necio para seguir comparando la primera infancia con la vida de este gran escritor que nos reúne acá, pero pues, hay que ser necio para seguir haciendo esto, la necedad acá va desde ser guatemaltecos hasta tratar de hacer literatura, tratar de leerla, tratar de publicarla, de venderla, tratar de reunirnos entorno a la obra de este gran Maestro ya es un trascendental acto de necedad, y de ahí me viene esta contadera para atrás. Pienso ahora en Francisco Tun, el inmenso y escurridizo, pensaba, fantaseaba con un cuadro de Tun, la tentación patrimonial de querer tener uno, ¡carajo!, para que tengamos un cuadro de esos, mi vida, tendríamos que expropiar a un poderoso número de coleccionistas privados. Bien, al punto. Pienso en una serie muy particular que hizo, son 4 cuadros, quizá –si tan solo estuvieran en un museo, vaya pues, en la web, pero nada- serán 4 cuadros en los que se está dentro de una habitación absolutamente oscura y al centro, al fondo, hay una ventana, un cuadro de luz que apenas ilumina un pedazo de esta habitación. La serie es un movimiento que, dependiendo en qué orden se mire, va acercándose a la luz, o va alejándose de ella. Sin embargo, en ambos casos, no hay manera de salir del cuarto, quedamos del lado oscuro, adentro. Le fascinaban los muros a Tun, le fascinaban las paredes y las ventanas, pero esta, parecía un autorretrato. Y lo pienso de nuevo contando para atrás, Luis y Francisco estaban retratando la propia oscuridad de los cuartos, cada uno a lo suyo, cada uno con sus montañas, sus personitas, y sus sombras, cada uno con sus indios en primer plano, jugándolos en proporciones, entrando y saliendo de la sombra a la luz pero sin poder salir. Vaya presagio La puerta del cielo, el cuento, vaya lugar ese tan personal, tan lleno de sentido, los chicos le piden a Chabelo, ya ciego, que dibuje una puerta en la que fue la puerta del cielo, ahora cerrada “no así colonial como se acostumbra, sino como vos la ves, una puerta de salida de saber a dónde”, le piden los chicos a Chabelo, a Luis, a Francisco. Qué hay dentro de aquella habitación oscura. Cómo le hacemos para detenernos a ver nuestra propia oscuridad. Nada gratuita es la imagen recurrente que, afortunadamente ya se escucha como un dicho callejero, atravesar Xibalbá, ver la oscuridad y llamarla oscuridad, no llamarla esperanza, ni posibilidad, ni anhelo de la luz, asumirse ahí dentro. Los personajes de De Lión lo asumen, ven la frontera y la cruzan, está sí la fuerza de la denuncia contra los militares, contra la iglesia, contra el capital, está la denuncia ahí siempre como un puño que somata una mesa, pero después está la sombra, hay algo parecido a un silencio, a un frío, a la locura: “pero yo no siento dolor, ni un poquito siquiera, ni así, ¿qué dolor puedo sentir?”, dice un personaje de los relatos de los zopilotes, lo dice un personaje a quien en el pueblo le dicen loco y le tiran piedras y lo chingan, le hacen bromas bien culeras, andá a buscar a tu mamá bajo la tierra le dicen, porque a él se le había olvidado que quien le cuidaba ahí era su mamá, y se le había olvidado que la tenía ahí, no volvió a su casa porque se lanzó al lodazal a beber leche de cocha, peló cables, y de ahí en adelante el delirio hasta que volvió por ella, y la gente ya solo le decía loco, y entonces le dijeron que la buscara bajo la tierra, y se tiró a la tierra a escarbar pero le sangraron los dedos, y luego la buscó entre las flores, en el olor, pero tampoco estaba ahí “las flores olían a perfume pero ella olía a sudor”. Buscando a su viejita. O a su sombra. Y ahí uno empieza a entender para qué mierdas sirve dibujar una puerta que salga, da igual a donde, pero que salga. Y se nos une en el camino Rulfo, “—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. —No se ve nada. —Ya debemos estar cerca. —Sí, pero no se oye nada. —Mira bien. —No se ve nada. —Pobre de ti, Ignacio. (…) Pero Ignacio no oyó ladrar los perros.” Y fue irremediable pensar en esos dos personajes leyendo a Luis de Lión, Tonaya se llama el pueblo al que quería llevar este anciano a su hijo para que le curaran la herida, pero solo llevó al muerto. San Juan se llama el pueblo al que Luis nos llevaba a tuto, pero ya no llegó, se lo llevaron. Hay una habitación oscura, hay un cuerpo que no aparece, hay dos cuerpos que no aparecen, no aparece la madre y no aparece Luis, hay un loco buscándolo, hay alguien más, robando a la virgen, transfigurándola, cobrándose el impuesto del sentido, hay una polifonía extraña de lo que pareciera ser la angustia pura, el delirio puro, el trago amargo como si el fuego se sirviera en octavos y se pusiera uno bien a verga a puro fuego, a pura memoria necia. “Pero el tiempo es una mierda” escribe el maestro desde Xibalbá, “Porque empolla los huevos o los enguera. Y a uno se lo lleva como si fuera a caballo y solo después uno se da cuenta que ha dejado tirado el sombrero. El tiempo es una mierda cuando uno se da cuenta que no viene solo por joder”. Y este es nuestro tiempo, pongamos Guatemala 2017, y digo nuestro para hablar de lo común, lo compartimos. Rehúyo de la idea generacional, no soy de la generación de Luis, de Francisco, de Juan , pero compartimos este tiempo, y henos acá leyendo a Luis de Lión como si dibujáramos una puerta. Pesa leerlo, es jodido leerlo, jodido porque cuando decimos oscuridad en estas tierras, estamos hablando de algo bien oscuro. Escucha Juan una procesión en su delirio, todo se fue a la mierda ya y piensa que lo que pasa fuera de su casa es una procesión, uno de los últimos sonidos de El tiempo principia en Xibalbá y hay una procesión también en un cuento que se llama Los hijos del padre y que está dedicado a Roberto Obregón, y ahí en las procesiones está una síntesis bien pesada, como el anda, de las tensiones simbólicas que están dentro del cuarto, y en este cuento una procesión de indios (úsese así esa palabra como un filo que regresa) que se le mete al poder entre las patas y le desarma la alfombra “con el tambor y el pito sonando a guerra” dice, literalmente. Y entonces aparece el último invitado de la cena, otro Francisco, Fuentes y Guzmán, narrando una ceremonia muy particular en el temprano siglo XVII, una ceremonia que, según ellos conmemoraba la derrota de los Kaqchiqueles, la captura del gran Sinacán, la victoria del poder, la instauración de la colonia, . Y narra Fuentes y Guzmán: “Forman en la palza mayor de esta ciudad hacia la parte donde está la fuente un volcán muy eminente de maderos fortísimos y muy robustos y crecidos, y víspera de la representación le visten y le adornan con un monte natural con muchas hiervas y flores diversísimas de este país es muy abundante, después de adornado en esta forma acomodan en las ramas muchos monos, guacamayos, chocoyos, ardillas y otros animalillos (…) así dispuesto y adornado este fingido volcán luego que entra la noche empiezan a sonar en él muchos instrumentos repartidos por varias partes, en especial resuenan los más sonors arriba, en la cima de él, en la casa que ahí forman y trazan, que llaman del rey, haciendo entretenida y armoniosa consonancia, tanta variedad de música de diversas trompetas chirimillas caracoles y flautas que por lo de no frecuentes y comunes a nuestros oídos, es de entretenimiento notable” y ahí donde se entretenían ellos viendo esta “obra de teatro”, ese simulacro de sumisión, los Kaqchiqueles le hacían una ceremonia a sus ancestros en el mero centro de la capitanía general, en sus puras narices. Narizotas, para el caso.

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