Xela, como si algún día volviéramos

Autor: Julio Serrano Echeverría

Julio SE

Julio SE

La ventana

Esta foto la tomé con un teléfono cualquiera desde la ventana del bus camino de la cumbre de Alaska, en uno de los tantísimos viajes que hecho saliendo de mi pueblo. Siempre que salimos en la mañana tenemos una vista parecida, y siempre nos volvemos a mirar. Creo que para muchos es la imagen del irse, del salir. De alguna manera esta es la imagen-mojón, de ahí para allá estamos fuera y así se siente, como si el volcán le diera un beso de despedida a uno, así bien abuelo él, ellos, ahí los tres: el Cerro Quemado, el Santa María y atrás jugando con las piedras el Santiaguito. Publiqué esta foto en mi Facebook con el comentario “de ahí soy yo”. Al pie dejaron más de un comentario que decía “yo también”, y quienes compartieron la foto también volvieron a ver esos volcanes al fondo cuando se estaban yendo.

No supe cómo entrar a Xela en este texto, quizá porque lo que fui perfeccionando durante ya buenos años es precisamente salir: irme y encontrarme con todos los que nos fuimos. Quizá lo que pueda escribir de Xela es precisamente diaspórico, un poco la presión de los volcanes, magma expulsado en piedra. Lo que en realidad también puede leerse como la historia de un retorno y ahí ya vamos hablando de algo que puede que nos resulte más familiar, regresar.

De ahí soy yo.

De ahí somos nosotros.

Julio Serrano

       [ Julio SE]

Los distintos grises de la ceniza

Estudié en un colegio bastante facha, el Liceo Guatemala (siempre a los exalumnos nos toca hacer la salvedad: “el de Xela”). Un colegio cercano a una correccional, pero nadie lo iba a decir. (Justo me reía con mi hermano de un castigo que me pusieron en 1998, escribir tres mil veces “no debo de meter mi cuchara donde no me importa” y me parece que ahora, al leer esto, más de uno de mis compañeros me mandaría a escribir de nuevo las tres mil putas veces por “hablar mal” del colegio, ya qué.) Nuestra educación es realmente mala y eso no es característica del colegio., Tampoco aquello de gritar “puro indio” cuando alguien pateaba muy fuerte la pelota, o de salir a marchar los 15 de septiembre con un traje militar, botas, comandantes, castigos y toda la gloriosa parafernalia de la feria, la retórica quetzalteca. Y sí, yo fui “subcomandante general” del desfile de los niños de parvulitos, primero y segundo grados. Recuerdo los alaridos con que dábamos las “órdenes”, y luego le decíamos a un pelotón de chiquitos: “tres vueltas a la cancha de castigo!” y los nenes salían corriendo felices, risa y risa, a darle tres vueltas “de castigo” a la canchita de futbol del Liceito.

El Liceito era el anexo del colegio donde estudiábamos esos tres años y donde nació mi papá y, vaya coincidencias de la vida, era la misma casa de mis abuelos que después pasó a propiedad de los salesianos. Ahí jugamos a ser soldaditos, y hasta la fecha, cuando todos los colegios tocan versiones cumbieras y batucadas gozosas, el glorioso Liceo sigue tocando Esclavo y amo. La legendaria y alegórica Esclavo y amo. Me queda muy claro escribiendo esto que las cosas no son blanco y negro, nos la disfrutamos, seguimos siendo grandes amigos, nos seguimos abrazando y todos tomamos nuestras rutas, me refiero al colegio, me refiero a mis compañeros y a toda esa retórica quetzalteca.

Me tomó muchos años entender dos cosas: que somos una sociedad facha y tenemos un parque lleno de columnas grecorromanas, y un megalómano templo a minerva y unas fiestas de independencia que son en realidad codependencia pura y dura. La otra, pues, que me sigue emocionando escuchar la tal Esclavo y amo y me eriza la piel la barra del Sexto Estado en el Glorioso Mario Camposeco, y sí, el Sexto Estado es esa “invención criolla, sueño ladino, pesadilla indígena” que enuncia Taracena, y también es esa barra gloriosa del graderío donde hemos cantado Luna de Xelajú como si la vida se nos fuera en ello.

Me quedan claras las contradicciones pero sobretodo, en estos últimos días, me quedan bastante más claras las reconciliaciones. Cuando Cardoza dijo que ser guatemalteco era tirar el libro de Job al infierno, quizá también estaba diciendo que había que tirar la culpa a la mierda, ahí metida en el libro. En fin. Estudié en el Liceo Guatemala como muchos de mis amigos, y estoy seguro de que todos nos hemos visto parados frente a la puerta ante esa crisis brutal del irse o del quedarse, y entonces también toca decir: como si uno realmente pudiera irse.

Más allá de los volcanes

Siempre me ha causado risa ese concepto de “el interior”, los del interior. Durante años siempre repetía que el interior es ese lugar donde naciste vos, donde nacieron tus papás o tus abuelos. Y no sé, ahora mismo pienso que el interior es ese lugar donde nacemos. Así. A secas. El Útero. Y todos regresamos a ese lugar, tarde o temprano, hasta los capitalinos 😉

De alguna manera Xela tiene su propia diáspora. Hay toda una cultura entorno a los que se van, a los que nos vamos. En el fondo pareciera estar diseñado. Como si nos mandáramos a nosotros mismos a conquistar algunos terrenos más allá de los volcanes. Por ejemplo, en Guatemala de la Asunción existe algo que se llama Fraternidad Quetzalteca, una institución de quetzaltecos radicados en la capital y que tiene por lema “por nuestro Pueblo y por la Patria”. Qué cosa. Una vez salí con una amiga al Bar Granada (zona 2 capitalina) y para suerte mía me encontré con un amigo poeta que estaba SOLO en su mesa. Dos horas después él estaba con mi amiga y yo SOLO. Entonces se me acerca a hablar una de las personas de la mesa de a la par. “Julito, yo soy el hermano de Paco, ¿te acordás de mí?”. Paco, uno de mis mejores amigos del colegio, más quetzalteco que el pache. Segundos después estaba yo sentado en la mesa bebiendo con un buen número de miembros de la Fraternidad Quetzalteca.Otra noche, en casa de Carmen y Luis nos juntamos la diáspora cultural quetzalteca a ver la final de la liga mayor de fútbol en la que el Xelajú MC fue campeón. Nuestro amigo Marvin, que sí estaba en el estadio, nos llamó para contarnos que cuando llegó el minuto 90 del partido, todo el estadio se agarró de las manos y se puso a cantar Luna de Xelajú, hablamos de más de 10 mil aficionados agarrados de las manos, cantando.

No sabría decir con claridad de dónde nace ese sentido de pertenencia, esa relación intensa con la historia. Xela es un sentimiento: siempre había querido escribirlo.

Julio Serrano

       [ Julio SE

El parque central. Parque a Centroamérica.Originalmente este texto empezaba en la carreta de hotdogs que, religiosa y solidariamente, está todas las noches en la esquina del parque, frente al pasaje Enríquez, pero le ganaron los volcanes. De cualquier modo hay que reconocer que esta carreta es una especie de máquina del tiempo, el DeLorean altense. Esta carreta ha sido para nosotros esa luz que siempre está prendida ahí en medio de la noche, y es que la oscuridad de la noche acá es distinta sí. Ahí, alrededor del vapor de los Chéveres, cohabitan un danés, una japonesa, un judío de Nueva York, un buen número de quetzaltecos y más de uno con la mano en la cintura del otro, del visitante o el residente.

Siempre me ha causado risa ese concepto de “el interior”, los del interior.

Supongo que una ciudad cosmopolita es una ciudad donde viven muchas personas de orígenes e identidades muy diversas, lo que nos hace pensar que somos un pueblo cosmopolita. Y entonces entra en la sobremesa el cómo nos ven desde afuera, la famosa Lonely Planet, las páginas amarillas de los turistas, describe así a Xela:

Quetzaltenango may well be the perfect Guatemalan town – not too big, not too small, enough foreigners to support a good range of hotels and restaurants, but not so many that it loses its national flavor. The Guatemalan ‘layering’ effect is at work in the city center – once the Spanish moved out, the Germans moved in and their architecture gives the zone a somber, even Gothic, feel.

Quetzaltenango is big, like its name – which the locals kindly shorten to Xela (shell-ah), itself an abbreviation of the original Quiché Maya name, Xelajú – but by Guatemalan standards, it is an orderly, clean and safe city. It tends to attract a more serious type of traveler – people who really want to learn Spanish and then stay around and get involved in the myriad volunteer projects on offer.

Que el google translator traduce tan literariamente, tan como escucharíamos a un compañero gringo diciéndolo en español:

Quetzaltenango bien puede ser la ciudad de Guatemala perfecto – no demasiado grandes ni demasiado pequeñas, lo suficiente como extranjeros, para apoyar una amplia gama de hoteles y restaurantes, pero no tantos que pierde su sabor nacional. El efecto de Guatemala ‘estratificación’ es en el trabajo en el centro de la ciudad – una vez que el español se mudó, los alemanes se trasladaron en su arquitectura y da una zona sombría, incluso gótico, se siente.

Quetzaltenango es grande, al igual que su nombre – que los lugareños se acortan amablemente a Xela (shell-ah), en sí misma una abreviatura del nombre original Quiché Maya, Xelajú – pero para los estándares de Guatemala, es una ciudad ordenada, limpia y segura. Se tiende a atraer a un tipo más serio de viajero – personas que realmente quieren aprender español y luego se quedan alrededor y se involucran en los proyectos de voluntariado que se ofrecen innumerables.

Así volvemos a la esquina del parque de Shell-ah, y ahí todos cosmopolitanos alrededor de la carreta de hotdogs como en torno al fuego. La noche empieza justo después de esta carreta, y es distinta, sí, y con esto me refiero a que en la oscuridad, no exagero si digo que uno de los principales problemas por acá son los fantasmas. Hablo de antiguos espectros que cohabitan en distintos espacios de la ciudad. Hablo de espíritus que se apoderan de nosotros, que aparecen en toda la línea familiar, seres que por las noches entran en las habitaciones de las sobrinas silenciosamente, entes extraños que se ocultan en la intimidad de las casas, que dicen que golpean a la gente, que tiran las cosas en silencio para quebrarlas pero no para que se enteren los vecinos, que hasta acuchillan silenciosamente a sus propios familiares, así quedito, para que nadie se entere, para que nadie diga nada. Los fantasmas quetzaltecos están ahí en el seno de las familias y cuando la gente habla entredientes y susurra cosas como “es que ellos son shucos, son haraganes y mañosos” dicen que no, que no es uno, sino es el fantasma. Y en la noche nomás se mezclan con todo el mundo y ni parecen fantasmas y se parecen a uno, mucho, nomás que no siempre se reconocen: una vez en torno al fuego de la carreta de hotdogs apareció un entrañable personaje de parque, el Flexi, un chico flexero que vivió muchos años en el parque hasta que murió en él (y ahí sí ya no es real maravilloso sino realismo trágico). Y entonces llega Flexi a la carreta y alguien le dice “te invito a un pan si te cogés a ese travesti que está ahí”, señalando a una travesti bastante alcoholizada que estaba recostada en una esquina , dormida. Y entonces Flexi hace el intento, y los chavos ríen y sus carcajadas suenan grotescas con la boca llena de pan y las caras rojas y uno viendo ahí, inútil, cómplice silente. Está avanzada la noche y le invitan al pan al chico, con el más testosterónico gesto del campeón, con palmada en el hombro y todo. Ah, fantasmas hijos de la gran puta.

Un cuerpo que atraviesa la montaña

Para llegar a Xela desde la capital hay que atravesar el Cinturón de Fuego del Pacífico, el que empieza en Chile y termina en Nueva Zelanda, subir subir subir y luego bajar. Alizabeth viajó con su chelo desde Wisconsin hasta acá, un chelo que le regaló su abuela y que pasó de la barriga de un avión a la parrilla de una camioneta. Ali me cuenta la historia mientras tomamos café. En el intermedio salen cosas como: “siempre va a ser más fácil conectarnos con los pequeños espacios, es más fácil que te diga que la historia de mi abuelo se parece a la de tu abuelo”. Entonces me cuenta que toma el bus en la Roosevelt a eso de las cinco de la tarde, y que por ahí por las ocho de la noche, empezando a subir el Cinturón de Fuego, digamos que en algún punto entre Tecpán y Nahualá, un derrumbe tapa totalmente la carretera y se lleva la vida de un grupo de personas que iban en un picop. Se quedan ahí en medio de una cola inmensa, duermen en el bus. “Tiene lo suyo pensar en comunidad. Una comunidad te deja entrar, te conectás, podés llegar a pertenecer a una aunque no seás de ‘ahí’, pues, comunidad y nacionalidad son peras con manzanas”. En la madrugada, cuando vuelve la luz, luego de una noche muy, muy fría, el derrumbe aún tapa toda la carretera, pero hay un camino por en medio de la montaña que se puede hacer a pie y llegar hasta el otro lado para tomar un bus hasta Xela. Ali y Hafid, su acompañante, músicos ambos, él de Barrios, toman sus mochilas e instrumentos y se lanzan a caminar a la montaña. El chelo no viaja con un estuche duro sino con uno de tela impermeable para protegerlo de la lluvia, lo que implica cargarlo como si se cargara un cuerpo. (La Piedad, digamos, nomás que el chelo no iba muerto, pero sí en brazos, subiendo por la montaña en una vereda.) Dirá: “No hay mérito en tomar posición entre blanco y negro, posicionarse en ese puntito hermoso que te tocó del Pantone, eso es otra cosa”. En la vereda se encontraron con varios lugareños que bajaban la montaña y la miraban cargando el chelo (ese pequeño cuerpo al que solo basta abrazar, tal como ella dijo) y le decían “eso pesa mucho, espérenos acá, regresamos en media hora y le ayudamos a cruzarlo”. Y la gente que subía como ellos por la montaña, atravesando el derrumbe, ahí donde ya no se podía pasar más, esos que caminaban con ellos para arriba, se turnaban el chelo y lo cargaban entre varios, y la verdad no pesaba mucho aquel yacente, pero era un cuerpo que había que cargar al otro lado de la montaña, y los que bajaban volvían a decir que esperara, que ya regresarían, que la ayudarían al volver. Y bien, manos más, manos menos, esas manos desenterraron el picop y enterraron a los muertos, las mismas que cargaron el chelo en medio de la vereda, las mismas que dijeron que volverían para ayudarla.Lleva ya varios años viviendo en Xela esta chica de Wisconsin, y la última vez que la escuché tocar el chelo fue en medio de una antigua estación de tren, que luego fue una base militar.

El espacio azul que quedaría

En una ocasión oí a un distinguido y respetado caballero altense comentar que un geólogo le había dicho que, en algo así como los próximos veinte años, el volcán Santa María perdería la cima por el deterioro que el Santiaguito ha ido generando en la ladera sur, y que en algo así como cien años el hijo se comería a su madre y el Santa María desaparecería. Los mitos más comunes por estos lados están los relacionados con los volcanes. Todo el mundo sabe que cada siglo toca terremoto y siempre toca en más o menos el rango en el que uno recuerda el mito (claro, calcularemos la frecuencia de los terremotos, mmm), o que el Cerro Quemado era el volcán más grande de Centroamérica pero que explotó y por eso quedó así. Y bueno, en 1902 el nacimiento del Santiaguito destruyó todo por acá cerca con un terremoto tremendo y largas jornadas de ceniza.

“Aún después de nueve días, no sabíamos qué había pasado. El volcán Santa María había explotado, eso era un hecho, después de todo habíamos sido testigos de la luz de fuego y las nubes de humo. ¡Que el cielo nos proteja de tales aflicciones!”

Así termina una carta que manda Ida Hoepfner a su familia alemana en 1902. Que en ese 1902 hubo terremoto en abril y erupción en octubre, así que no fue poca cosa, en octubre precisamente durante las fiestas de las minervalias. En su libro Memorias del fuego, Eduardo Galeano titula una entrada Decide el gobierno que la realidad no existe. El uruguayo narra muy literariamente lo que Arévalo Martínez en su Ecce Pericles relató bajo el título Era preciso celebrar las fiestas de minerva:

“En la ciudad de Quetzaltenango hacia fines de 1902 se leyó el texto de un bando en el que se afirmaba que el epicentro de los recientes sismos existía en un distante lugar de América y por esta razón los guatemaltecos no deberían de abrigar ningún temor. El encargado de la lectura tuvo que hacerla a la luz de una mala linterna porque en ese preciso momento el humo, la arena y las cenizas arrojadas por el volcán Santa María producían una densa oscuridad que abarcaba una extensa zona. Con bandos semejantes se intentó calmar la quietud de otras muchas poblaciones de la república.”

Y el titular de Galeano vuelve a sonar —Decide el gobierno que la realidad no existe—, digamos algo así como el Congreso de la República en mayo de 2014, an con la ceniza sobre la cabeza, sobre los hombros, aún con al densa oscuridad en el cielo, aprueban punto resolutivo:

“No obstante que la legislación imperante da cuenta que los elementos que conforman los tipos penales señalados resulta jurídicamente inviable que se dieran en Guatemala, principalmente en cuanto a la existencia en nuestro suelo patrio de un genocidio durante el enfrentamiento armado interno”

“Tiene lo suyo pensar en comunidad. Una comunidad te deja entrar, te conectás, podés llegar a pertenecer a una aunque no seás de ‘ahí’, pues, comunidad y nacionalidad son peras con manzanas”

Digamos también del Cerro Quemado que, según Francis Gall en Cerro quemado, volcán de Quetzaltenango, las últimas erupciones registradas del coloso son del 24 de octubre de 1765 (mismas fechas que en 1902, o sea que también le hubieran cagado las minervalias a Estrada Cabrera 137 años antes) y en 1818, y que aquello del volcán que explotó parece ser otro mito, y el volcán es, por decirlo de alguna manera, un volcán flor en el que las cúpulas de lava serían algo así como los pétalos; la memoria del planeta, el pistilo; y,de ahí para abajo, los ancestros .

Entonces le pregunto a mi amigo Rudiger Escobar, un gran vulcanólogo quetzalteco, sobre la desaparición del Santa María, para lo que pido al estimable lector, lea la respuesta pensando en que el volcán podría ser Guatemala y su abrumadora realidad:

“El flanco sur del Santa María es un caso extremo de pendiente inclinada, y a largo plazo en algún momento lo mas probable es que esa pendiente deje de ser tan inclinada. Cómo el volcán llegue a resolver su problema de la pendiente inclinada depende de muchos factores, de los cuales no tenemos ni idea (pero seguro que son muchos). El caso más espectacular sería un colapso de gran tamaño digno de una película de ciencia ficción. De que se puede colapsar el Santa María, pues sí, se puede,.De hecho, es muy común que eso suceda una o incluso varias veces durante la vida de un volcán como el Santa María. Muchos volcanes colapsan porque a muy largo plazo las pendientes empinadas de las laderas volcánicas no son tan estables. Pero ‘largo plazo’ es un concepto relativo (“depende”, dijo Pepito), porque en promedio y a ojo de buen cubero, colapsos grandes suceden una vez cada varias decenas de miles de años, así que no es que sea cosecha de mangos.

Por otro lado también se puede dar de forma menos espectacular, por ejemplo como una serie de colapsos más pequeños, o debido a la erosión constante por acción del agua, etc.

En el primer escenario del colapso repentino, eso podría suceder ¡en cuestión de minutos! Pero la probabilidad de que suceda en los próximos veinte años es muy, pero muy pequeña. El segundo escenario (que el flanco se vaya gastando de a poquitos) tomaría muchos años (decenas de miles a cientos de miles de años); de hecho, desde 1902 hasta el día de hoy la cosa no ha cambiado mucho, por ejemplo si uno ve las fotos de los primeros años posteriores a la erupción y las compara con el aspecto que tiene hoy en día el flanco sur del volcán.

En conclusión, es muy poco probable que en nuestros breve paso por estos rumbos veamos cambios significativos, y si los vemos será como ganarnos la lotería (y para la gente que vive al sur del volcán, ¡todo lo contrario!). Esperemos en todo caso que no suceda de forma catastrófica.

Y quizás aquí valga la pena hacer la aclaración de que aunque la probabilidad de que un gran colapso ocurra es muy pequeña, las consecuencias serían muy, pero muy grandes, así que quizás no está de más preocuparse por investigar un poco más al respecto y tratar de entender qué podría pasar y debido a qué se podría dar un colapso así”.

El regreso que algún día llegará

Viajábamos con mi papá camino a Xela en bus, nos anocheció en el camino. En el bus proyectaron la película Tres veces mojado, con Los Tigres del Norte y Mario Almada (el Clint mesoamericano). Justo cuando íbamos subiendo hacia la cumbre de Alaska, en medio de la oscuridad empezó una escena de la película en la que el protagonista (el gran Jorge Hernández) empieza a cantar Luna de Xelajú subido en el bus de Fidel Funes. Entonces el silencio del bus en el que íbamos se empieza a romper en un suave tarareo de algunos de los viajeros y a mi lado mi viejo empieza a acompañar cantando suavecito. Para entonces ya los dos estábamos llorando, viendo la pequeña pantalla en el bus. Y sentí eso de la pertenencia, y sentí eso de la identidad, y sentí el amor con mi viejo y el amor por el cine. Después me dijo mi papá: “Por eso prefiero estas películas que parecen obras de teatro de escuela a esas matacingas de Hollywood”. El bus subió Alaska, empezó a bajar y seguíamos viendo la peli y cómo se lleva la gran puta a los Centroamericanos en México, y en algún momento mi papá me preguntó sobre los 43 estudiantes desaparecidos y empezamos a hablar de que aquellos cuerpos podrían estar enterrados junto a otros centroamericanos y sobre la miseria humana, y justo llegamos a cuatro caminos y dice el ayudante “¡los que van para la Mesilla!” y se bajan dos chavos migrantes y en la pantalla seguía la película justo en una parte donde se ponen a cantar Sin ti, y me papá me recuerda que esa canción la cantaba mi abuelita y nos quedamos escuchándola.

Una ventana más grande

Recinos dice que Gagxanul, el volcán desnudo, es el Santa María. Sam Colop dice que no. La Wikipedia se queda con el dato de Recinos, y entonces fantaseamos e imaginamos a Zipacná jugando con el Santa María. Villacorta, en su traducción del Popol Wuj, añade que quizá Macamop, el cerbatanero extinto, fuera el volcán Zunil, y Juliznap el Cerro Quemado, cráter que arroja vaho. Digamos que la curiosidad surge por nombrar a esos grandotes que nos observan desde arriba, curiosidad elemental de quetzalteco sentado en el parque haciéndose cualquier cantidad de preguntas raras que no son las que se hace cuando se está yendo.

Sentarse en las bancas del parque es una acción colectiva. Caminar alrededor, tomarse un helado, fumarse un cigarro, hablar, sentarse y hacerse preguntas raras. Mi amigo Martín me dijo que una vez vio al Vega sentado en una banca con una mariposa posada en su cabeza. Digamos que en el parque pasan esas cosas. A mí me cagó un pájaro tres veces en mi primera cita, Lili iba con su hermano, y yo en medio, los tres en la banca como pajaritos en un cable que tenían más pajaritos encima y que deciden cagar tres veces en el mismo instante. Pasan esas cosas en el parque, pasan.

Me explicaba Marvin que las diez columnas que están frente al palacio municipal son una alegoría de ese Lajuj Noj que es parte del nombre de este nuestro pueblo.  Bajo las diez sabidurías, Xelajuj Noj. Son piedras del volcán, me cuenta Marvin que le contó don Daniel, que es fundador de la Liga Maya, y que una vez me dijo: “No, usted, el norte que lo busquen los noruegos, nosotros mejor al oriente, ahí donde nace el sol, hay que orientarse”. Una red de conocimiento sutil y cotidiana está ahí: es fácil imaginarse a Marvin y a don Daniel tomando un café, como he visto a muchas personas hablar con mi papá, o ir a la boutique de mi mamá, o como he ido a tocar el timbre de mis amigos. O como sentarse en el parque de Las Enfermeras (que en realidad es un parque conmemorativo del Sexto Estado, detrás de la casa de Otto René, a la vuelta de mi casa) durante dos años sin falta a leer sus poemas como el grupo de chavos que terminó armando un festival de poesía, una editorial y publicando algunos libros, y luego, diez años después, conocer a un grupo de chicos que se juntaban en el Cunoc a leer sus poemas y a fundar su editorial y así, a qué vamos, a otras lógicas para organizarnos, vamos a cierta cotidianidad para transmitir conocimientos que nos son familiares, como cuando el montón de chavos pusieron en sus muros de Facebook Noche de luna entre ruinas para el terremoto de San Marcos. Y entonces hablo desde el presente, hablo de que más que una generación somos un tiempo, y acá estamos, acá seguimos, somos parte de algo, o eso sentimos.

Publicado en Plaza Pública
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